No hay nada más agobiante que pasar semanas sin saber, nada más incinerante que tener preguntas en la garganta y tener que retragarte los signos de interrogación porque si no se te incrustan en las paredes de la faringe y te hacen tragar saliva hasta provocar una úlcera más grande que el mismo vientre; nada más triste que pensar en las paredes, en los constructos, en la familia, en los acuarios, en los complejos, en los manifiestos idiotas y quedarse pensando días enteros, soñar con números, con letras con números, con madres con números, con cicatrices con números, con desórdenes con números, con cerveza con números, con preocupaciones con números, con idioteces con números, con radios con números, con ojos de chocolate con números, con pulsaciones eléctricas con números, con bicicletas con números, con mochilas y bolsos con números, con cefaleas con números, con gastritis mutistas con números, con preocupaciones que no se dicen con números, con ganas de hacer cosas que no se hacen con números, con recuerdos de padre y dulces y soplidos calientes en el cuello con números; pensar en dos siendo uno es lejos el peor dolor que me ha tocado aceptar en mi vida y tener que vivir con él es como lacerar a cada momento una parte que ti que estaba hecha para ser regalada, para ser querida, para ser cuidada, y que ahora sólo sirve para que duela y te recuerde a cada segundo que eres lo más horrendo que ha pasado por la vida de alguien.
Hay días en los que me gustaría no existirme,
O no haber mirado cuando miraba, a lo mejor nunca se acercaba y yo no hacía la infinidad de cosas malas que le hice, que hago.
Hay días en que me gustaría sentarme al lado de sus orejas para contarle mis penas y escuchar de la boca sus palabras correctas, y uno que otro aviso de que su vida también es humana…
La culpa es el peor azote.
Y yo el peor animalejo.
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